miércoles 17 de julio de 2019 - Edición Nº1031
Critica Sur » Sociedad » 12 jul 2019

LA DESPEDIDA A UN INTENDENTE

Así recordaba Juancho Apolinaire a la Río Grande de la Guerra de Malvinas

El ex intendente que falleció anoche, escribió años atrás una reseña recordando su paso por la intendencia de la ciudad entre 1981 y 1983. “Aquellos 72 días de ´estado de guerra´ marcaron para siempre el alma y el espíritu de los riograndenses que participaron de todas formas”, afirmó.


Juan Carlos Apolinaire, el ex intendente de Río Grande que falleció el jueves 11 de julio, día del aniversario de la ciudad, escribió años atrás una reseña recordando su paso por la intendencia entre 1981 y 1983, años trascendentales en la historia del país, de la provincia y de la ciudad durante el transcurrir de la Guerra de Malvinas.

Río Grande tuvo un destacado protagonismo por la cercanía estratégica con las islas, y Juancho Apolinaire, que en esa época era además administrador de la Estancia María Behety, asumió el compromiso de administrar y organizar la ciudad.

“Aquellos 72 días de ´estado de guerra´ marcaron para siempre el alma y el espíritu de los riograndenses que participaron de todas formas”, escribió en un texto publicado por la revista ANALES de la Sociedad Rural Argentina (marzo 2012) y replicado por el blog Mensajero del Río, del historiador y periodista Mingo Gutiérrez.

Así, Apolinaire recordaba los momentos claves del conflicto y la participación activa de la comunidad: “desde los ´jefes de manzana´ que con absoluta conciencia hacían sus recorridos, hasta los alumnos del primario, entre los que estaban mis hijas, que absorbían el entrenamiento preventivo que sus maestras dedicadamente le proporcionaban”.

La carta completa:

Hace unos cuantos años mi viejo amigo Roberto Fernández Speroni llamó saludando y preguntándome si era posible que escribiera algo sobre lo que para mí y para otros muchos fuera la “Gloriosa Gesta de Malvinas”, que empezara aquel memorable “Dos de Abril” en 1982 a la madrugada.

Se ha escrito mucho al respecto –tal vez todo, o casi todo, orientado al sacrificio, el heroísmo de los combatientes que estuvieron presentes en el “frente de combate”, sus privaciones, las falencias de los mandos superiores, y los “vanos generales” al decir de Borges, la falta de preparación, la falta de logística adecuada, la innecesaria sangre derramada, y en fin la irresponsable decisión de enfrentarse con uno de los “poderosos del mundo”, puntos de vista, en parte, compartidos.

A la razón, en esos días, me tocaba en suerte ser intendente de Río Grande, y por ende presidente natural de la Defensa Civil. A esto agregando que mantenía mi puesto de Administrador de la querida Estancia María Behety señera representante de la oveja Corriedale en Argentina, adonde además, residía.

Mis comentarios sobre aquella guerra, que sin dudas así lo fue, intentarán estar orientados a la actuación de los fueguinos, argentinos comunes, civiles, a los “de a pie”, que dieron todo de suyo en aquel momento de convocatoria patriótica, sin pretender después reconocimientos, ni medallas, ni pensiones especiales, solo asumieron las responsabilidades que las circunstancias exigían y las cumplieron cabalmente. Obviamente hubo las excepciones que hicieron la del avestruz, otros que pensaron exclusivamente en la seguridad personal, otros que tuvieron sus lealtades lamentablemente compartidas. Pero la gran mayoría de la ciudad respondió y actuó con absoluta seriedad, estoicidad y entrega, tal como los hechos lo requerían. Río Grande tuvo 72días y noches de alerta, con oscurecimiento absoluto y obligatorio. Varios con alerta amarilla y una noche, inolvidable, con alerta rojo.

La estructura de la Defensa Civil, fue sin duda ejemplar, desde los miembros del COEM (Centro de Operaciones de Emergencias Municipales) integrado por 12 personas, pasando por los responsables de zonas, hasta el último jefe de manzana, cumplieron cabalmente con el objetivo para el cuál habían sido convocados. No haré nombres, pues muchos ya han decidido partir, y todos están “entrañablemente metidos” en el recuerdo colectivo de los actores de la época.

En circunstancias de esa índole es que se remarcan los valores humanos y por otro lado también los “disvalores”. Los grandes, opulentos y soberbios a veces se achican y los que se mantienen habitualmente con bajo perfil, “apretados contra los yuyos”, al parecer intrascendentes, toman dimensiones inconmensurables.

Es la Patria la que llama y muchos saben responder en consecuencia.

La cantidad de tropas acantonadas en Tierra del Fuego, básicamente en Río Grande y estancias vecinas fue muy importante.

Por dos motivos, una reserva estratégica para enviar a Malvinas oportunamente, cosa que no fue y otra reserva para “custodia fronteriza” en la eventualidad que pudiera desencadenarse otro foco de conflicto con reminiscencia del no muy lejano noviembre y diciembre del ’78. Esta presencia militar exagerada, obviamente alteraba e interfería con la habitualidad de la vida “pueblerina” de Río Grande.

Pero es destacable la simbiosis que se generó entre los ciudadanos comunes y las tropas acantonadas, manteniéndose el respeto mutuo y no registrándose alto grado de situaciones no deseadas.

Sola una, de terrible magnitud, signó el fin del conflicto marcando el recuerdo de la civilidad tristemente para siempre.

Un auto que pasa dos o tres veces a la noche frente a un puesto de control, un “alto” del centinela no acatada, un tiro y una joven inocente muerta, secuela de un hombre que estuvo en combate, trágica, fortuita, inesperada, un inmenso dolor, una mancha, un estigma, para el final de una guerra que a todo su largo tuvo parecidas adjetivaciones.

Por otro lado fue magnífica integración espiritual de todos con los hechos dela guerra. Era una necesidad diaria saber cómo le estaba yendo “allá en las islas” as nuestro querido y glorioso Batallón de Infantería Nro 5 Escuela, por el cual tenemos un sentido de orgullosa pertenencia. Toda la ciudadanía veía salir en sus incursiones la escuadrilla de la Aviación Naval con sus Super Etendard, Skyhawb y Dagger Mirage de Fuerza Aérea, siempre con una plegaria en la boca, y el silencioso deseo de “éxito n la misión”.

A su vuelta, contábamos los aviones a la espera del regreso completo de los combatientes. No siempre llegaron todos. Varios quedaron, derribados por el oponente o tragados por las inexorables aguas del Atlántico, a consecuencia de los vuelos rasantes sobre las olas tratando de escapar de la detección enemiga. Varias veces, sobre todo un mediodía, volvieron volando sobre el pueblo haciendo con las alas movimientos oscilantes lo que indicaba “blanco logrado”. Aquel fue el último día del “Sheffield”.

***

Mayo empieza con toda la magnitud de la crueldad de la guerra. El hundimiento del Crucero Belgrano. Con él se va al fondo del mar más de trescientas vidas de argentinos.

Fue un hecho artero, fuera de los cánones “de la guerra occidental convencional”, si es que estos existen.

En lo personal me demostró inmediatamente que todo esto no iba a ser meramente una escaramuza o un “picnic” como algún autor titulara. El Reino Unido no podía permitir que un puñado de “improvisados soñadores irrespetusos” pretendiera recuperar por la fuerza lo que legítimamente les pertenecía y que hubiera sido usurpado siglo y medio atrás.

Y así empezó el periplo de la Task Force, la más poderosa armada por Inglaterra después de la Segunda Guerra Mundial.

Los ciudadanos riograndenses estaban muy bien informados de los acontecimientos a través de los medios nacionales e internacionales, como así por lo servicios de la inteligencia Naval que muy bien orquestado, habían logrado tejer una red informativa con la red de comunicaciones de nuestra Defensa Civil. Esta red hacía escucha permanente a través de radio aficionado por equipos privados de alta tecnología para la época. Las escuchas eran de 24 horas ininterrumpidas, los voluntarios, ciudadanos comunes, dejaban horas de sueño y descanso para colaborar silenciosamente día tras día. Madres de familia, profesionales, empresarios de habla inglesa, hacían escucha, grabación y traducción de las comunicaciones de las tropas inglesas que podían interferirse, para luego ser procesadas por la gente especializada de la Armada.

Esta información permanente empezó a desencadenar los temores lógicos. ¿Llegarían a atacar Tierra del Fuego o el área continental? Todo era posible. Dependía de la magnitud que fueran tomando los acontecimientos

Se detectaron vuelos a gran altura de los bombarderos Vulcan, posiblemente en vuelos de reconocimiento. Varias no0ches se escuchó importante presencia de helicópteros “ajenos” en la zona fronteriza con Chile, que decía estar “cuidándonos las espaldas”.

Es importante recordar que a partir de septiembre 1981 se desarrolló un programa de capacitación y formación de la De4fensa Civilo en Río Grande a instancias de una orden emanada del Ministerio de la Nación. La hipótesis sobre la cual se trabajó fue “eventual conflicto bélico”. ¿Mera casualidad o coincidencia? Ya se había trabajado intensamente al respecto durante el año 1978. Hacia marzo del 82 terminado el programa y auditado por Defensa de la Nación se recibió la máxima calificación.

Esto fue sin duda lo que posibilitó el excelente desempeño posterior y la armonía lograda entre todos los actores. Y así llegó el momento más aciago del 17/18 de mayo. Ese día habíamos resuelto terminar los entrenamientos y aprontes de la Defensa Civil para dejar de presionar sobre el ánimo colectivo.

Así es que por el canal local de televisión agradecimos a la población por su respuesta ejemplar ante los entrenamientos realizados y advertimos que no se harían más ensayos y sobre todo no se tocaría más las sirenas de alerta instaladas en la ciudad. Y que si bien descartábamos la posibilidad de acciones bélicas en nuestra zona, de sonar nuevamente la sirena, sería exclusivamente por un hecho real.

Pasaron dos o tres horas y alrededor de las 20, cuando estábamos terminando el día y yéndonos a nuestras casas, en medio del total oscurecimiento nocturno, sonó el teléfono desde la Base Aeronaval advirtiendo la posibilidad de entrar en Alerta Amarilla. Obviamente se suspendió la dispersión normal del COEM y quedamos expectantes.

A pocos minutos volvió a sonar el teléfono y nuestro amigo el jefe de la Base Aeronaval, dice escuetamente: “Juan, alerta roja, tenemos posibilidad de un ataque terrestre”.

Y colgó, nada más. Los segundos posteriores tomaron “dimensión de siglo”, hasta dar la orden respectiva. Esto significaba tocar las sirenas, coa que habíamos dicho, recordamos, que de suceder nuevamente sería por un hecho real. El “manual” decía taque aéreo o naval: extremar el oscurecimiento, silencio radial y sirena, ataque terrestre: prender todas las luces y luminarias y sirenas.

E de imaginar el shock inmediato que esto provocó en toda la población. Pero nadie desesperó. En diez minutos toda la red de Defensa Civil estaba en su puesto con el sistema de comunicaciones activado. Expectantes. Algunos, inolvidables, llegaron a la Municipalidad a cubrir su puesto, en ropa de entrecasa, a la carrera. A los pocos minutos empezaron a sentirse los disparos de distinta magnitud desde la zona de la Base Aeronaval. El revuelo y la agitación provocados duraron más de dos horas, luego volvió la calma. Toda la población civil se comportó estoicamente, obviamente con los miedos del caso, pero manteniéndose dentro de las indicaciones recibidas por la Defensa Civil y el mando militar.

Este, al otro día, argumentó y explicó que había sido un falso alerta y que se había desarrollado el “fuego preventivo de protección” que se emplea en esas circunstancias.

En los días subsiguientes me indicaron que era mejor no ahondar el tema, y así fue por muchos años.

Recién a fin de los noventa, un miembro retirado de los servicios secretos ingleses, escribió un libro donde blanqueaba la operación “Mikado”. Helicópteros ingleses, provenientes de Chile intentaron bajar en las cercanías de Estancia Violeta para atentar contra los pilotos de los Super Etendard instalados en la Base Aeronaval y los equipos de vuelo portadores del temible Exocet. Unas patrullas habituales detectaron los movimientos y los repelieron.

Si así no hubiera ocurrido, sólo Dios sabe cuál hubiera sido el cariz de aquella guerra nunca declarada. Yo tuve esa confirmación de boca del Agregado Naval Militar inglés, de visita en mi casa. Hoy ya hay un libro argentino que comentga los detalles con el significativo nombre de “Ataquen Río Grande”.

Aquellos 72 días de “estado de guerra” marcaron para siempre el alma y el espíritu de los riograndenses que participaron de todas formas, desde los “jefes de manzana” que con absoluta conciencia hacían sus recorridos, hasta los alumnos del primario, entre los que estaban mis hijas, que absorbían el entrenamiento preventivo que sus maestras dedicadamente le proporcionaban.

Había mucho más para comentar, desde el emocionado recuerdo pero lo dejaremos para otra oportunidad. Y aquí bien cabe un “VIVA LA PATRIA!.

 

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