miércoles 20 de marzo de 2019 - Edición Nº912
Critica Sur » Provincia » 5 mar 2019

INVESTIGACION DE INFOBAE

La increíble historia de los últimos presos del penal de Ushuaia, la cárcel del fin del mundo

Hasta no hace más de tres años, se daba por hecho que el mítico Penal de Ushuaia dejó de funcionar en 1947, durante la presidencia de Juan Domingo Perón. Sin embargo, más de 10 años después, en junio de 1960, un grupo de 34 hombres llegaba para cumplir su condena, que se tradujo en más de tres meses de encierro en condiciones inhumanas.


Nadie los vio desembarcar en la noche, nadie los vio atravesar, de a uno, las puertas del infierno austral. Eran presos políticos, el vehículo era un avión DS-3, y la noche era la oscuridad extendida y plana de Ushuaia en invierno.

Hasta no hace más de tres años, se daba por hecho que el mítico Penal de Ushuaia, que en otros tiempos supo albergar a criminales como el Petiso Orejudo, dejó de funcionar en 1947, durante la presidencia de Juan Domingo Perón. Sin embargo, más de 10 años después y a espaldas de la historia oficial, adentro todavía había luz: en junio de 1960, un grupo de 34 hombres (a los que luego se sumarían otros 11) llegaba para cumplir su condena, que se tradujo en más de tres meses de encierro en condiciones inhumanas.

Corría el año 1960. El presidente de la República, Arturo Frondizi, había aprobado por decreto la aplicación del plan Conintes-ideado durante la presidencia de Perón-, que habilitaba la intervención militar para detener a disidentes políticos, principalmente peronistas, huelguistas y guerrilleros, a causa de lo que en el decreto figura como "la intensa agitación que perturba esenciales actividades de la vida".

Uno de los detenidos fue el platense Babi Molina. En abril del mismo año fue condenado y llevado a la cárcel militar de Magdalena, cerca de la localidad de La Plata. Al cabo de dos meses, Molina se enteró de su nuevo destino.

"Nos llaman a revisación médica, nos dicen que es para adjuntar al prontuario. Cuando empezábamos a cenar, un oficial nos dice: 'Señores, una vez que cenen serán embarcados rumbo a Ushuaia, donde cumplirán la condena que les corresponde'. Hubo compañeros que vomitaron todo", contó Molina a Infobae en su casa de La Plata, ciudad que fue testigo de su detención y de su vuelta, producto de la amnistía otorgada en 1963.

Un caso análogo es el de Néstor Rubén Peretti, militante peronista que fue detenido en marzo del mismo año en Mar del Plata. Primero fue trasladado a Bahía Blanca, luego a Magdalena, para finalmente ser llevado a la llamada "Siberia argentina".

"Nos llevaron a Ushuaia, en ese entonces la pista de la base aérea era corta, un DC-4 no podía aterrizar en invierno. Por eso, en Río Grande nos trasladan a un DC-3. Íbamos treinta y cuatro de nosotros, unos diez o doce de penales, más todas las cosas que llevaban ellos, porque allá no había nada. Algunos viajamos parados", relató Molina.

Cuando llegaron y entraron al pabellón, Peretti supo que lo habían llevado a ese lugar para morir. Parecía una heladera industrial. Lo habían provisto de una colchoneta "dura como una piedra", y no existían las frazadas. La celda era angosta y la humedad y el frío se colaban por las paredes.

"Los Conintes estuvieron presos en el pabellón 3, el único que por entonces no pertenecía a la Armada sino a Institutos Penales" explicó a Infobae Carlos Vairo, director del Museo Marítimo y del Presidio. Las Fuerzas Armadas, a cuyo cargo quedó el edificio del Penal en 1950, utilizaban el resto de las alas como depósito.

Ricardo Rojas, confinado político en Ushuaia hacia 1934, anota en su libro titulado Archipiélago Tierra del Fuego: "Toda Ushuaia es de por sí una cárcel natural. Más allá, en efecto, no hay sino enemigos y mares helados".

El relato de Molina corre en el mismo sentido: "Nosotros no teníamos acceso más que al pabellón, y al fondo había una puerta bloqueada al exterior. Si nos llevaban a la enfermería, íbamos por afuera. Una parte tenía muro y otra parte era abierta, porque, si uno lo piensa, por más que estuviera abierto no había dónde escapar".

Con otro compañero, para tener encendidas las estufas, salían a cortar leña cuatro o cinco horas en medio de la nieve, siempre bajo supervisión de un guardia. Pero eso fue después del primer mes: al principio no había calefacción. En el segundo mes instalaron dos estufas, una en cada punta del pabellón, que de todas formas no era suficiente.

Es curioso: en el mismo año, 1960, Arturo Frondizi estuvo en Ushuaia. Así lo consigna, lacónicamente, la tabla cronológica trazada en el libro Ushuaia, 1884-1984: Cien años de una ciudad argentina, editado por el municipio local: "1960. Ushuaia tiene 3.453 habitantes. Visita del Presidente Arturo Frondizi. Inauguración del nuevo Hospital Regional".

Cabe preguntarse si la visita, apenas registrada, tuvo alguna relación con la reapertura del Penal; también cabe preguntarse cuántos de los 3453 habitantes sabían que en la misma ciudad cuarenta y cinco personas eran sometidas a una rutina de hierro que se creía extinta. Probablemente, unos cuantos: por ese entonces, la mayoría de los ciudadanos de Ushuaia trabajaba o había trabajado en relación a las Fuerzas Armadas, que desde el cierre del Presidio se había hecho cargo de sus instalaciones.

Los detenidos se levantaban a las siete, había una persona por celda. Los guardias llevaban un mate cocido con alguna galleta o, si tenían suerte, un trozo de pan.

A las 10 de la mañana dejaban que los presos salieran al pabellón durante una hora. Podían caminar, pero estaba prohibido conversar con los compañeros. Se bañaban una vez por semana, la mayoría de veces con agua helada. "Cuando te tocaba último, sabías que estabas jodido".

La tortura no era solamente física, sino también psicológica. La soledad, el encierro y la noche casi constante del invierno ushuaiense eran parte de la pena. Pedro Villacorta, otro de los ex reclusos, ya fallecido, recordó que el día de su cumpleaños los guardias lo "agasajaron" de una manera especial: le permitieron tener abierta la puerta de su celda durante toda la jornada. Lo que en un primer momento le había parecido una oportunidad de respiro, en verdad era una burla: la puerta estuvo abierta pero a él no le permitieron salir.

"El director del servicio penitenciario era de la escuela dura: el preso no es nadie, no existe, no puede contestar, no puede decir nada de nada", explicó Peretti. De acuerdo con Vairo, el director de aquel entonces era Raúl Ambrós. "Ambrós fue el último director de la cárcel.Muchos dicen que el último fue Pettinato, pero es otro de los tantos mitos sobre el Presidio: Pettinato -padre del conocido periodista y conductor de radio Roberto Pettinato- fue director de Institutos Penales, no de la cárcel. Raul Ambrós era el director, y lo volvieron a llamar en la época de los Conintes".

Vairo agrega que en 1960 la cárcel no contaba con servicio médico, dado que el edificio llevaba años sin funcionar como prisión y faltaban elementos esenciales. La Armada, al ver las condiciones en que padecían los presos, ofreció uno de sus médicos para que asistieran en tareas básicas como la práctica odontológica.

El encierro en el penal más austral del mundo duró 102 días. Dos de los presos eran abogados; gracias a las visitas de sus esposas lograron contactar a dirigentes sindicales, que en última instancia consiguieron que un diputado presentara una denuncia de Norberto Centeno, detenido en Ushuaia, a la Comisión Investigadora de Presuntos Apremios Ilegales.

La Comisión realizó una inspección in situ y, al constatar que las condiciones de vida eran infrahumanas, resolvió trasladar a los presos a Viedma, donde algunos, como Peretti, cumplieron su condena. Los documentos de denuncia y pedido de inspección fueron descubiertos en 2010 por la historiadora Carina Villafañe en Córdoba, y se encuentran disponibles en el Archivo de la Cámara de Diputados.

Babi Molina, que había sido condenado a tres años, tras un largo periplo que incluyó el Penal de Viedma y por segunda vez el de Magdalena, fue trasladado a la Penitenciaría Nacional, ubicada donde actualmente está el Parque Las Heras, en la Ciudad de Buenos Aires. Un lugar que, curiosamente, era una réplica del Penal de Ushuaia.

A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos: en 2016, más de cincuenta años después, Molina y Peretti se reencontraron en el Penal de Ushuaia, convertido en museo en 1994. Se sumaron al encuentro dos hombres que habían corrido la misma suerte que ellos: Pedro Villacorta y Ricardo Fernández.

De los 45 ex reclusos, eran los cuatro que el Museo, en colaboración con Villafañe, Molina y Peretti, habían encontrado con vida. Antes de ofrecer una modesta charla para la comunidad, recorrieron los pabellones. Trataban de identificar el que habían ocupado en ese invierno tan lejano pero que ahora volvía en las paredes, en el sonido del viento, en la claustrofobia de los pasillos.

En cada pabellón, Peretti revisaba las ventanas del baño. Tenía una referencia muy precisa: buscaba, recortada en el marco de la ventana, la vista del cerro Cinco Hermanos.

"Nunca me olvido que desde el baño de nuestro pabellón se veían dos de los cinco picos montañosos, me quedó grabado durante toda la vida. Tenía sesión con esos dos picos", explica Peretti.

Además, una vez, por la misma ventana había podido divisar a un guardia de la Marina que custodiaba la Base Naval, ubicada justo al lado del Presidio. El único pabellón que podría haber permitido ver a un guardia de la Base Naval era, en efecto, el número 3. Molina reconoció el mismo sector por la disposición de las cañerías.

El hecho en su conjunto, lejos de ser una mera curiosidad, ilumina una parte olvidada de lo que sucedió en una época del país durante un gobierno democrático, considerada por muchos un antecedente del terrorismo de Estado.

"No solo es un descubrimiento de la historia fueguina y del penal, es parte de la historia argentina", resume Vairo. Por otra parte, señala que la visibilización de estos casos "es para que en el futuro se sepa en qué condiciones se sobrellevaba la pena, es el retrato de una época. Al principio fue pensado como un penal para los delincuentes más peligrosos, pero después hubo personas confinadas por otros motivos, principalmente políticos, como ocurrió también en 1955".

El plan Conintes sumó unas 3500 detenciones; el abogado Julio Viaggio, de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, contabilizó al menos 111 condenados en cárceles de todo el país. Entre ellas, aunque parezca fábula, se encuentra la cárcel del fin del mundo.

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