lunes 16 de julio de 2018 - Edición Nº665
Critica Sur » Sociedad » 11 jul 2018

ANIVERSARIO DE LA CIUDAD

Diario de hace 97 años: Una mirada al Río Grande que se fundaba en 1921

¿Cómo era Río Grande en 1921 cuando el Gobierno Nacional lo reconoció oficialmente como una colonia agrícola? La vida laboral, las amistades y las familias, la vida cotidiana, a través de un repaso del libro “A hacha, cuña y golpe” de María Luissa Bou y Elida Repetto.


Año 1921. Estalla la gran huelga de la Patagonia, aplastada por una de las matanzas más grandes que recuerde la historia nacional bajo el gobierno de Hipólito Yrigoyen. El seleccionado argentino de fútbol gana por primera vez la Copa América, superando en la final a Uruguay por 1 a 0. ¿Y qué pasaba en Río Grande? Ese año fue reconocida oficialmente como colonia agrícola por el Presidente radical, mediante un decreto firmado en el mes de julio.

Mientras tanto en el pueblo, lejos de los acontecimientos políticos, la vida fluía bajo las historias de los viejos pobladores. A través de un repaso al libro “A hacha, cuña y golpe” de María Luissa Bou y Elida Repetto, un gran número de testimonios ayudan a recrear cómo fue la vida hace 95 años, poco menos de un siglo de ciudad.

Esa máquina del tiempo ofrece datos muy curiosos, como el hecho de recordar que solo vivían en la ciudad “unos 300 habitantes blancos y no más de 150 onas”, según recuerdan los antiguos pobladores. Ciertamente eran un número de población muy pequeña; se encontraban unos y otros diseminados en un vasto espacio; distanciados además por el clima; la inexistencia de caminos o la precariedad de aquellas primeras huellas que empezaban a conectar algunas estancias.

Algunos vivían en puestos o cascos de esas estancias; cerca del Cabo Domingo, en la Misión Salesiana; otros comenzaban a vivir en la desembocadura del río Grande: dentro del Frigorífico o en “una franja de tierra en la margen norte que se extendía desde el puente, hasta donde estaba Triviño allá en la punta”, recuerda el testimonio de Franka Susic.

En ese tiempo la misma desembocadura del río Grande adquiría otro protagonismo. Allí ya estaba el frigorífico CAP, como protagonista de la ciudad, construido en 1917, los muelles y el puente donde se angosta el río. En 1915 se había inaugurado la Subprefectura Marítima, provisoriamente a cargo de la Aduana y al año siguiente, la Estación Radiotelegráfica y un servicio público telefónico, que conectaba el frigorífico con las estancias vecinas, cuya central fue ubicada cerca del muelle.

¿Cómo era Río Grande en 1921 cuando el Gobierno Nacional lo reconoce oficialmente como Colonia? La vida laboral, las amistades y las familias, la vida cotidiana. El Padre Belza –otro de los entrevistados- recuerda en el libro: “Todo tenía que levantarse a pulmón en un desierto helado sin la infraestructura necesaria de caminos, puentes, puertos y vehículos tanto para montar la empresa en su totalidad como para mantenerla y comerciar sus frutos”.

Todas las historias refieren distintas alternativas u oportunidades. Mientras disminuían las ofertas de trabajo en Punta Arenas, algunos cuentan que mejoran sus ingresos con el frigorífico en Río Grande. Otros, en cambio, se arriesgaron en otras actividades mientras iba apareciendo el deseo de radicarse y formar familia.

Mirko Milosevic trae –entre las páginas del documento histórico- recuerdos de la vida laboral: “En 1925 o 1928 cuando yo empecé, en ese tiempo el frigorífico era el que mejor pagaba, yo ganaba $95 y en las estancias estaban pagando $20 o $30 mensuales (…). Antiguamente en la fábrica se faenaban 300.000 animales de las estancias José Menéndez, María Behety, La Ruby, Cullen, Viamonte. Con esas estancias ya casi cubría la hacienda que necesitaba para exportar a Inglaterra”.

La época además recuerda que no había un puente que uniera la Margen Sur del río Grande, donde afloraba la vida laboral en el frigorífico, con el sector norte, y muchos oficiaban de “boteros” en el cruce del río. “Yo fui botero, cuando terminaba la zafra, por ejemplo, cruzaba pasajeros para el otro lado; en los tiempos que yo estaba había siete u ocho boteros”, relata Mirko.

Las historias hablan de un “tiempo crudo”, de una excepcional intensidad como si fuera la evocación del invierno, su oscuridad, su inclemencia. Un tiempo donde hombres y mujeres se reconocen por su ingenio y sobre todo sus agallas.

Las estancias, el frigorífico CAP o la Misión Salesiana aparecen en la memoria como verdaderos sitios donde el trabajo se encontraba ya organizado. Mientras que la “aldea” como algunos solían llamarla, comenzaría a formarse con el correr de los años.

También había tiempo para el juego, en palabras de Mirko: “Había también cancha para jugar al futbol, y se corrían carreras (…), los que vivían acá tenían sus caballos ya preparados. Había argentinos, chilenos, buenos jinetes, y se hacía ahí en el Tropezón, en Punta María; ¡Se la pasaba divertido!”.

“En ese Río Grande había pocas chicas –dice Mirko- ¡Más hombres que chicas! Había familias que tenían hijas bonitas. Pero aquí venían algunas que por ejemplo venían a buscar marido y no importaba si eran lindas, gordas o flacas porque había pocas mujeres. Yo también me casé acá, en el 42, con Rosa Almonacid (…)”.

La tierra era motivo de disputas, según cuenta Sara Sutherland: “Los conflictos que hubo fue porque muchos de los que ocupaban la tierra fiscal se creían ya dueños de todo; pero pagaban como arrendatarios más que nada. Al sacarlos, se achicaban muchísimo las estancias grandes y por eso venía el conflicto con los nuevos propietarios, aunque estos no lo eran todavía, porque les daban primero el certificado de pastoreo. Después vino el arrendamiento y los títulos de propiedad, mucho más tarde”.

Ronald Mc Donald recuerda que su padre llegó a Río Grande en 1903, y podría haber nacido aquí en 1921, sino fuera porque muchas familias optaban por viajar a Punta Arenas, donde la atención médica era más segura. “En ese tiempo no se arriesgaban a quedarse, muchas mujeres se iban a Chile a tener familia, era en ese tiempo el lugar más cercano para esas cosas, acá no había nada”, cuenta.

También su educación secundaria transcurrió en Punta Arenas: “Yo creo que aquí en el año 1927 se puso el primer colegio, los primeros años mi madre me enseñaba en el campo”, menciona su relato.

Dentro de su memoria lejana de niño de 9 o 10 años, en un relato contado muchos años después, Ronald menciona: “Me acuerdo lo que había en Río Grande en ese tiempo, me acuerdo de la comisaría, la prefectura, ¡Estaba Triviño allá en la Punta!, Van Aken, la casa de Rafúl. Me acuerdo del Frigorífico, de la Estancia de Don Esteban Martínez, tenían la Aeroposta. En ese tiempo era muy difícil, mi padre tenía un Ford T y salíamos algunas veces a hacer algún paseo ¡pero había que hacer un preparativo el día antes para que el coche se pudiera poner en marcha! No era como ahora que se aprieta el arranque. En esa época se andaba a caballo y si se reunían las familias sería una o dos veces al año para las fiestas”.

Y una mención especial para el histórico Puente Colgante: “El puente colgante es de 1926, lo hizo Menéndez para pasar sus animales para el Frigorífico, el movimiento de vehículos era cero, el puente se hizo exclusivamente para pasar animales”, dice Ronald.

Emilia Bonifetti nació en Río Grande, formó parte de la primera generación de hijos de pioneros yugoslavos, chilenos, españoles, escoceses. Entre sus relatos, recuerda lo que es hoy el “Tropezón” donde se sitúa Obras Sanitarias y el origen del nombre que se remonta a sus padres, y que se mantuvo en el tiempo. En 1921 el Tropezón era el “afuera” que los recuerdos identifican como algo distinto a la centralidad del Frigorífico.

“Cuando mis padres se casaron papá hizo en el Tropezón una casa, se hizo un Hotel y un Almacén de ramos generales y allí fueron a vivir. No sé quién le habrá dado la posesión de eso, porque no fue titular, fue posesión. Pienso que eran tierras fiscales porque ahora está Obras Sanitarias y si hubiera sido privado hubiéramos tenido la propiedad. (…) Luego la casa se incendió y el segundo lugar para habitar fue el puerto. “Yo me crié entre barcos que venían todas las semanas ¡Era nuestra diversión! En los pozones que dejaban nos metíamos nosotros y sacábamos pescados y congrios”.

 

NdR: Todos los testimonios fueron tomados del Libro “A hacha, cuña y golpe” de las escritoras e historiadoras María Luisa Bou y Elida Repetto, con colaboraciones de los antiguos pobladores Emilia S. de Bonifetti, Sarita Sutherland, Anibal Allen y Dominga Stanic; publicado en 1992.

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