jueves 21 de septiembre de 2017 - Edición Nº367
Critica Sur » En foco » 30 sep 2016

Lola Kiepja: A 50 años de la muerte de la última chaman selk`nam

A fines del invierno de 1966 murió Lola Kiepja. A través del relato de la etnóloga Anne Chapman, quien además grabó diálogos, vocabulario y cantos de Kiepja, recorremos la historia de la última selk’nam que vivió gran parte de su existencia con las costumbres de su pueblo.


“Siempre que miro la luna llena veo la cara de Kiepja”. Así comienza el poema que la etnóloga Anne Chapman escribió cuando murió Lola Kiepja, la última selk’nam que vivió gran parte de su existencia con las costumbres de su pueblo.

Lola murió a fines del invierno de 1966, y con ella desapareció todo testimonio directo de una cultura milenaria, la de un pueblo paleolítico de cazadores-recolectores. Su grupo étnico es generalmente llamado Ona, aunque su verdadero nombre es selk’nam.

La vida de Lola se cruzó con la de Chapman un año antes de la muerte de la primera. Anne fue la única investigadora del mundo que entrevistó a pobladores indígenas selk`nams, hijos de padre y madre indígenas, y que fueron testigos del final de esa vida originaria. Vivió junto a ellos e hizo un trabajo maravilloso. Recuperó mucha información gracias a la memoria de las últimas personas que vivieron en libertad con sus pueblos.

Una de ellas, fue Lola Kiepja, con quien vivió todo un invierno en la cabecera oeste del lago Fagnano, en el centro de la provincia. Cuando regresó al año siguiente –a principios de octubre de 1966- Lola ya había muerto.

Chapman grabó diálogos, cantos y vocabulario en general de Kiepja, que era chamán, tenía un profundo conocimiento de su cultura y algo hablaba en castellano. Por entonces tenía entre 85 y 90 años y vivía sola, cerca del lago Fagnano, en una casa-choza.

La impresión más recurrente que se le aparecía de ella era -decía Anne- su vivacidad: “Tenía gran entusiasmo y alegría cuando hablaba de su pasado. Eso a pesar de que sus doce hijos habían muerto. A pesar de las grandes tragedias de su vida, cuando empezaba a cantar o contar algo se movía alegre. Habilidad de sobreponerse a su destino, por decirlo así”, contó en una de sus últimas entrevistas.

Chapman falleció a los 88 años en Francia (2010). Entre sus varios libros e investigaciones del pueblo selk´nam, publicó “Fin de un mundo”, donde retrata, a lo largo de casi un siglo, una etnia desaparecida a cuenta del progreso de la civilización occidental y cristiana.

Las grabaciones comprenden cuarenta y siete cantos entonados por Lola Kiepja, la última indígena auténtica del grupo selk’nam. Los selk’nam carecían de instrumentos musicales y los cantos no llevan ningún acompañamiento.

A 50 años de la muerte de la última chamán selk´nam, a continuación, transcribimos el Capítulo I de libro “Fin de un mundo”, y compartimos el Canto Nº 1, canto chamánico de Lola de su viaje al cielo del oeste, territorio de su madre:

A fines del invierno de 1966, en Tierra del Fuego, Argentina, murió Kiepja, más conocida como Lola. Su grupo étnico es generalmente llamado Ona, aunque su verdadero nombre es Selk’nam. El modo de vida de los Selk’nam es el más antiguo de la humanidad: el de la edad de piedra, el Paleolítico de los cazadores, recolectores y pescadores.

Con Kiepja desapareció todo testimonio directo de su cultura. De los pocos sobrevivientes de su grupo, ella era la de mayor edad y la única que había vivido como indígena. Tenía aproximadamente noventa años cuando murió, y había nacido bajo una tienda de cuero de guanaco y vivido su juventud vestida con pieles de guanaco, acampando con su familia en playas, lagunas y bosques y participando en las ceremonias tradicionales.

Casi al final de su vida, cuando la conocí, parecía realmente feliz al revivir su antiguo modo de vida a través de sus relatos y de sus cantos. Pero sabía que su mundo había desaparecido para siempre.

Se identificaba plenamente con su cultura y, aunque podía expresarse en español, prefería hablar su propio idioma. Como persona, era de una excepcional riqueza: apasionada, inteligente, sensible. Poseía un profundo conocimiento del misticismo y la mitología de su pueblo, siendo ella misma xo’on, o sea, chamán: la última chamán selk’nam. Había heredado su poder de un tío materno, cuyo espíritu (wáiuwin) llegó a ella a través de un sueño. Durante años practicó concentración para adquirir disciplina y así tener acceso al mundo de lo sobrenatural.

Durante la mayor parte de la prehistoria, la humanidad entera vivió en pequeñas comunidades seminómadas esparcidas por el mundo, hasta que la invención de la agricultura permitió al hombre establecerse en un lugar. Por diferentes circunstancias, algunos grupos no pasaron a ser agricultores y permanecieron fieles a su tradición de cazadores-recolectores-pescadores donde fue así hasta el siglo pasado en ciertas regiones del mundo, entre ellas Tierra del Fuego. Según la información arqueológica, el hombre llegó a esta zona hace unos diez mil años.

La población selk’nam era probablemente de 3.500 a 4.000 individuos cuando, por el año 1880, los blancos comenzaron la ocupación de su territorio, la Isla Grande de Tierra del Fuego (Argentina y Chile). Desde el siglo XVI sus antepasados habían tenido contactos esporádicos con tripulantes y náufragos. No sabían de dónde venían. Pero según sus profetas (“padres de la palabra”), unos extraños, parecidos a aquéllos, los iban a destruir. Durante las últimas décadas del siglo XIX y hasta la primera del XX, los selk’nam fueron diezmados por los blancos. Muchos fallecieron de enfermedades transmitidas por éstos; otros fueron embarcados y llevados al continente. Ciertos cazadores de indios a sueldo, cometían por cuenta propia atrocidades sin nombre antes de matar a sus víctimas. Otros selk’nam murieron en guerras entre ellos mismos; esas luchas intestinas eran más frecuentes en esta época, pues a medida que los terrenos de caza iban siendo cercados por los ganaderos, el terreno restante era más y más disputado entre los mismos indígenas. La última, que aconteció a principios del siglo XX, fue la más mortífera de todas, según los datos que conocemos. Por primera vez hubo mujeres y niños entre las víctimas, y fue la única vez que pelearon con armas de fuego. Para ellos fue un período de grandes sufrimientos, pese a los esfuerzos bien intencionados de los misioneros salesianos y de algunos otros blancos. Al principio los selk’nam trataban de defenderse, o defender su tierra, con sus flechas; pronto fue evidente que su única defensa al ser atacados era huir, pero debían huir a pie –con toda la familia– del ataque de hombres montados a caballo y armados. Los selk’nam no eran siempre víctimas pasivas. Una de sus tácticas de ofensiva era procurar minar al enemigo robándole, saqueándolo y matándolo, cuando la situación lo permitiera. Pero no existían las condiciones para que los indígenas adquiriesen una conciencia clara de su situación.

Parece que en su mayor parte las acciones ofensivas eran motivadas por venganza contra el enemigo o para aprovechar algún descuido. No existía entre ellos una solidaridad total frente al agresor. Algunas mujeres se juntaban voluntariamente con blancos que habían sido asesinos profesionales dedicados a matar indígenas, y pese estas matanzas los selk’nam persistían en sus luchas fratricidas. La ofensiva de los extraños era una guerra no declarada contra un enemigo que a veces era amigo; contra un enemigo que traía un arma que, aunque no era propiamente un arma, era la más mortífera de todas: sus enfermedades.

La ocupación del territorio (Isla Grande) se inició por el noroeste, donde desembarcaron los primeros ganaderos y buscadores de oro que venían de Punta Arenas, Chile, y de las Islas Malvinas; por el noreste, desde Argentina, pocos años más tarde (en 1886), llegaron el ingeniero Julius Popper y sus ayudantes para extraer arenas auríferas en gran escala, y ese mismo año vino una expedición científico-militar argentina bajo el mando del oficial mayor Ramón Lista. Los selk’nam que sobrevivían a esos ataques tendían a replegarse hacia el sur, pero aun si hubieran querido alejarse totalmente, no habrían podido lograrlo debido a que estaban en una isla y no sabían navegar.

Tenían que moverse para buscar sustento y sobre todo para cazar guanacos, una tarea ardua, incluso en tiempos normales. Los guanacos se volvían cada vez más ariscos a medida que aumentaba el movimiento de gente, caballos y ovejas. Pero si el guanaco era más escaso que nunca, la oveja y el caballo estaban al alcance de los selk’nam. El robo de ganado por parte de los indígenas desencadenó la furia de la mayor parte de los estancieros, quienes sólo ordenaron dar tregua a los “ladrones” cuando los misioneros salesianos comenzaron a llevarse a los indios hacia una u otra de las misiones establecidas en la zona. Pero en un lapso de aproximadamente veinte años casi todos los que se quedaron en las misiones enfermaron y murieron. En esta época, y también posteriormente, las epidemias y enfermedades (sarampión, influenza, neumonía, tuberculosis, difteria, tisis, viruela, gripe e incluso alcoholismo) diezmaron también a los que volvieron o se quedaron en el campo.

En el año 1919 el padre Martin Gusinde contó 279 selk’nam. Diez años más tarde quedaban menos de cien. En 1966 había en la isla alrededor de trece cuyos padres eran en su mayoría blancos o mestizos. Todos eran mayores de cincuenta años y habían nacido poco antes o después de que la cultura aborigen fuera destruida. Todos, con excepción de Lola Kiepja, hablaban bien el español.

Pese a la aniquilación de su pueblo a manos de los blancos, Lola no les guardaba rencor. Tampoco a mí. Algunas veces me llamaba “hija”; otras veces, mientras le ataba su delantal, me miraba por encima del hombro y riendo se balanceaba levemente, murmurando ala ala (bebé en selk’nam), queriendo decirme así que yo la estaba tratando como una madre a su bebé.

La conocí a fines de 1964. En esa temporada yo había venido con una misión arqueológica francesa que trabajaba en la parte chilena de la isla. Lola vivía en la reserva indígena ubicada cerca del Lago Fagnano del lado argentino, donde fuimos a pasar la Navidad.

Como etnóloga, yo deseaba conocerla y comprobé aliviada que el primer contacto fue fácil. Casi enseguida, luego de conocernos, me cantó un lamento por la muerte de su madre. Volví al día siguiente, y un tiempo después regresé para pasar tres semanas con ella y su amiga Angela Loij, que también era selk’nam, en Río Grande (un pueblo en la costa norte). Con la ayuda de Angela como intérprete, me di cuenta de que Lola poseía un gran conocimiento de su cultura. Yo ponía a prueba su memoria preguntándole nombres de individuos de su grupo que aparecían mencionados en el libro El último confín de la tierra, de Lucas Bridges (1952), algunos de los cuales habían muerto a comienzos del siglo XX. Durante esas semanas grabamos muchos cantos, pero las grabaciones resultaron técnicamente deficientes.

Cuando a fines de 1965 regresé a París, el señor Gilbert Rouget, jefe del Departamento de Música del Musée de l’Homme, escuchó las cintas grabadas y me sugirió volver a Tierra del Fuego cuanto antes para hacer nuevos registros de lo que había traído y tratar de grabar algunos otros cantos. Existían pocas colecciones de los cantos de este grupo; una data de 1907-08, otra de 1922, y en décadas posteriores hubo algunas más. Por otra parte, el profesor Claude Lévi-Strauss estimó que ésa podría ser la última oportunidad de conseguir nuevos datos sobre este grupo al que durante décadas se había considerado extinguido.

Cuando en marzo de 1966 volví a Tierra del Fuego, mi problema principal fue el idioma. El español de Lola, aunque adecuado a sus necesidades diarias, era rudimentario. Mientras lo hablaba, daba la impresión de alguien de mentalidad casi infantil, ocultando de esta manera su compleja naturaleza, su perplejidad y su profundo dolor. Su mundo se había hundido en la no existencia, mientras que el resto del mundo la llamaba “la reliquia”.

El único lugar donde podía trabajar con ella era la reserva indígena, y allí no me era posible llevar a otro selk’nam como intérprete. Me resultaba muy difícil el aprendizaje de la lengua selk’nam, porque Lola solamente podía traducir al español palabras aisladas. Además, el selk’nam es un idioma de fonemas tonales y glotales. Cuando yo me empeñaba en pronunciar bien una palabra, Lola fruncía el entrecejo y mirando mi boca, movía sus labios lentamente como si pronunciara cada sílaba, pero sin emitir un sonido. Cuando finalmente yo daba mi versión, ella respiraba con alivio y reía diciendo “eso es”, como si hubiésemos ganado una gloriosa batalla.

De marzo a junio viví la mayor parte del tiempo en la reserva, en la estancia ovejera del señor Luis Garibaldi Honte, de ascendencia indígena, quien me brindó hospitalidad en su casa, situada pocos pasos de la de Lola. Como acostumbraba hacerlo desde hacía no sé cuántos años, el señor Garibaldi daba instrucciones a su puestero de suministrar a Lola carne, leña y otros elementos que necesitara. Durante casi toda mi estadía, sólo vivieron allí Lola y el puestero. Cada ocho o quince días yo iba al pueblo de Río Grande para estudiar mi material y comprar algunos comestibles. Lola tuvo siete hijos con su primer marido, un haush que había fallecido. Después tuvo cinco hijos con un chileno. Todos sus hijos habían muerto y sólo le quedaban una nieta que vivía en el continente y un bisnieto que fue adoptado por Garibaldi.

Hasta aproximadamente sus veinticinco años, Lola había tenido poco contacto con los blancos. Alrededor del año 1900 fue con su primer marido a Harberton, una estancia ubicada en la costa del Canal Beagle, cuyo primer propietario, el pastor Thomas Bridges, había sido misionero entre los yámana. Él y sus hijos fueron de los pocos estancieros que tendieron su mano a los selk’nam. Entonces, y hasta la muerte de su primer marido, Lola y su familia, así como otros indígenas, iban a trabajar a las estancias de Harberton y Viamonte en el verano, y en el invierno vivían en el campo cazando guanacos y celebrando periódicamente la gran ceremonia del Hain (la cual incluía ritos de iniciación de los jóvenes varones).

Durante esos años su madre y algunos tíos maternos chamanes (xo’on) la preparaban para que ella también fuese xo’on. Una noche, hacia el año 1926, soñó que el espíritu de uno de estos tíos –que había muerto hacía poco al otro lado del Lago Fagnano– la visitaba y le transmitía su poder mediante un canto. En su sueño el espíritu volaba sobre el lago buscándola y cantando “¿dónde estás, hija mía?”. Ella repitió esta frase y despertó. En ese preciso momento –me decía– el espíritu de su tío la penetró “como el filo de un cuchillo”. Fue entonces que, de acuerdo con la tradición, ella adquirió poder sobrenatural.

Había vivido sola durante años en la reserva, en chozas de madera. Cocinaba sus comidas, recogía leña, buscaba agua y realizaba otros quehaceres. Tejía canastas y calcetines de lana que a veces vendía. En otros tiempos había tenido ovejas y algunos caballos heredados de sus hijos y de otros indios paisanos. Pero, según ella, con el correr de los años todos sus animales habían sido robados por algunos paisanos y por vecinos blancos. Lo que más sentía era no poder montar a caballo, como hasta cinco años atrás, cuando todavía realizaba largas cabalgatas para pasear y comprar yerba mate. El señor Garibaldi creyó prudente no permitirle cabalgar más, porque en aquella época se había caído varias veces. Nunca se sobrepuso a lo que ella consideró como una gran afrenta.

Tenía conciencia de ser más selk’nam que nadie. La diferencia entre ella y las demás personas de ascendencia indígena era muy acentuada; quizás, en parte, porque ella era una xo’on, chamán. Aunque algunos de sus paisanos la admiraban por sus poderes, no le temían, ya que ella no tenía poderes para matar, como casi ninguna mujer xo’on. Había curado a indígenas y mestizos y a uno que otro blanco. Pero no siempre se valía de su poder cuando curaba. En una ocasión en que yo estaba friendo papas, saltó grasa ardiendo y me quemó la mano. Lola tomó mi mano entre las suyas, frotó la quemadura con agua fría y sopló en ella por varios minutos, hasta que el dolor desapareció. Y una vez en que yo me quejé de dolor de espalda, me dijo que me tendiera boca abajo en su cama. Cuando lo hice, presionó con las palmas de sus dos manos sobre la parte adolorida y resopló repetidas veces sobre ella. También esta repetida técnica dio resultado.

Tenía varios amigos entre su gente, pero no los veía con frecuencia. Por lo demás, parecía sentir que la mayor parte de los no indígenas de la isla le tenían poca consideración. Sin embargo, mostraba mucha simpatía por los que la estimaban, y bromeaba con ellos; desde luego, siempre en español.

Cuando el tiempo amenazaba lluvia, salía afuera para “cortar el cielo”, como se dice en selk’nam, o para “componer el tiempo”, como diríamos en español. El propósito de Lola era alejar las nubes hacia el norte, hacia el cielo de la lluvia. Si el día era lluvioso o nublado, ella “limpiaba” el cielo varias veces si era necesario, hasta que por fin el sol reaparecía, ese mismo día o bien al siguiente. A veces, cuando el efecto no era inmediato, Lola se reía y decía que las nubes no querían irse. Desde luego, si insistía durante varios días en “cortar el cielo”, finalmente llovía o bien las nubes se iban. Componer el tiempo era uno de los atributos de los chamanes.

No era muy prolija. Escupía en cualquier lugar, y aunque sabía hacer uso del tenedor, prefería comer la carne con los dedos. Aunque no le parecía bien la idea de darse un baño, se lavaba las manos y la cara varias veces al día. Barría cuando sabía que yo iba a llegar, pero parecía hacerlo menos cuando estaba sola. Sin pensarlo, tiraba restos de comida en el piso o los arrojaba afuera para los perros o los gatos. Tenía el hábito de amontonar sus cosas en los rincones de su habitación y sobre la cama. En consecuencia, pasaba mucho tiempo buscándolas, en particular su cuchillo de carne. Todos estos hábitos fueron aprendidos en su juventud. Había sido criada para vivir como sus antepasados: cambiar de campamento cada dos o tres días, o cada semana, vestirse simplemente con pieles de guanaco, asearse con arcilla seca o musgo, y poseer los artículos necesarios para su existencia, sin nada que fuera supérfluo.

En los últimos años de su vida, Lola recibía muchas cosas inútiles, especialmente ropa usada. Su prenda favorita era una chaqueta de hombre. Le pregunté por qué le gustaba tanto esa chaqueta, en circunstancias de que tenía otras en mejor estado. “Es por los bolsillos”, me respondió. La chaqueta tenía diez bolsillos, por dentro y por fuera, y esto le encantaba. A Lola le era casi indiferente la ropa que usaba, con tal de que la abrigara, fuera más o menos limpia y tuviera bolsillos. En cambio, era muy sensible a la belleza de su rostro. Cuando yo la peinaba, a veces se miraba de muy cerca en el espejo y riendo decía “yo úlichen” (yo linda), o fruncía el entrecejo diciendo “yippen, yo vieja” (fea).

Aunque comía carne de oveja tres veces por día con buen apetito, solía preguntarme si le podía traer pescado o carne de guanaco al regresar de Río Grande. Como yo no podía encontrarlos, le traía dos artículos que también me pedía: manteca y vermouth dulce. Se comía la manteca como si fuera una golosina. Acostumbrábamos a tomar el aperitivo antes de la cena. Algunas veces, cuando me ausentaba, ella se sentaba al costado del camino para esperarme, aunque supiera que ese día no regresaría. Si le preguntaba por qué lo hacía, sólo me contestaba que le gustaba ir allí a esperarme.

Le encantaba grabar su voz en “la máquina”. Uno de los cantos que más nos gustaba era el del viejo guanaco: “Ra ra ra ra ra”, cantaba Lola imitando al marré, el viejo guanaco. Invariablemente, Lola insistía en que yo rebobinara la cinta del grabador cuando ella terminaba de cantar, para escucharse. Solía reír y comentar: “úlichen” (lindo) al oírse. Empero, a veces estaba contrariada y decía “qué yippen” (qué feo), y aunque a mí no me parecía tal, se empeñaba en que volviéramos a grabar el mismo canto, esperando cantarlo mejor. Muchas veces me pedía que tocara las cintas de nuevo, por el solo placer de volver a oír los cantos. Había dos lamentos que ella cantaba con tanta frecuencia (uno dedicado a su madre y el otro a sus dos últimos hijos), que yo no los grababa. Pero ella quería que yo le grabara cada vez que ella cantaba, y si no lo hacía, se molestaba un poco.

En ocasiones venían turistas a la reserva para verla y fotografiarla. Frente a la cámara, rodeada de extraños, se paraba inmóvil como una estatua. Si no recibía recompensa se indignaba, pero no demostraba su indignación a los visitantes.

Dos veces en los últimos años sus chozas habían sido destruidas por el fuego. Aunque ella no había sufrido quemadura alguna, la memoria de estos incendios la aterrorizaba. Su última choza había sido levantada con ayuda de los trabajadores de un aserradero vecino, y el señor Garibaldi cuidó de que fuese ubicada muy cerca de su casa. Al anunciarse el invierno, pasábamos cada vez más tiempo arrimadas a la estufa. A menudo la sobrecargaba y caían leños encendidos al piso de madera. Nerviosas las dos, tratábamos de volver a colocarlos en su lugar mientras ella daba voces de alarma.

Todas las noches, al despedirme, le repetía “háuk” (fuego), y apuntando a la pava de con (agua) le recordaba que echara agua sobre el fuego antes de acostarse. Detrás de su choza había una construcción cónica de tipo indígena, abierta en el frente y hecha de troncos y palos largos encima de los cuales ella había extendido trapos. Aquí, cuando el tiempo lo permitía, ella preparaba el fuego y se sentaba a tejer una canasta. Me decía que cuando estaba sola iba allí para sentarse junto a un fuego, aun sin tejer. Quizás de esa manera se sentía más cerca de su antigua vida.

Con frecuencia me proponía ir a ciertos lugares distantes muchos kilómetros, pues estaba convencida de poder caminar mucho más de lo que realmente podía. Pero casi todos los días salíamos cerca para recoger leña, y a veces caminábamos a unos pocos kilómetros de su casa, ella apoyándose en su bastón, para visitar lugares donde había vivido sitios de campamentos de paisanos muertos.

Me hizo prometerle que no haría escuchar las cintas a nadie en la isla, salvo a Angela y a otro paisano amigo. En 1965, cuando grabamos en Río Grande, se alteraba al ver que alguien se acercaba a la casa, y me pedía que ocultara el grabador. El año siguiente tuvimos pocas visitas y ella estuvo más tranquila. Me explicaba que “la gente” no comprendía, que se reirían de sus cantos. Ocasionalmente me decía que estaba grabando sus cantos para los indios del norte (norte del Estrecho de Magallanes).

Además de cantos, grabamos vocabulario general, nombres propios, toponimias y términos de parentesco. A veces se aburría. También se reía de mi empeño, sobre todo cuando quería grabar sus imitaciones de pájaros, que me interesaban porque muchos de los nombres de pájaros en selk’nam son onomatopéyicos.

Lo que realmente disfrutaba eran los cantos. Cuando cantaba los cantos del Hain (la ceremonia más importante de los selk’nam), se acompañaba haciendo pantomima de los pasos del baile y de los gestos del espíritu en cuestión (los espíritus eran hombres disfrazados con máscaras y con pinturas que les cubría todo el cuerpo). Un espíritu llamado Shoort, atemorizaba a las mujeres con su sola aparición, pues ellas creían que realmente había surgido de las entrañas de la tierra para hacerles daño. Durante la ceremonia las perseguía tirándoles objetos diversos. Mientras Lola imitaba su paso corto y amenazador, me daba suaves estocadas con su bastón en las costillas y medio en broma, medio en serio, decía: “Shoort era muy mañoso con las mujeres”.

Hablando de estos espíritus y de las travesuras de algunos de los paisanos durante la ceremonia, se reía hasta que las lágrimas aparecían en sus ojos, y después me miraba aun riéndose y decía: “¡Qué salvajes!”.

Hacia el final de mi estadía, Lola pensaba que yo comprendía el selk’nam mejor de lo que sucedía en realidad. Mientras ella conversaba en su idioma, yo trataba de captar lo suficiente como para hacer breves comentarios, de manera que ella continuara hablando. Afortunadamente, también me hablaba en español. Una de las palabras que más repetía era Koliot (capa roja), nombre dado a los blancos por las capas rojas usadas por los primeros policías llegados a la isla. ¡Koliot! era el grito de alarma cuando alguien divisaba uno o varios jinetes armados en el horizonte. Al grito, todo el campamento se dispersaba como mejor podía. “Chancho Colorado” era el apodo que le dieron a uno que mató a muchos de ellos, y que trabajaba para el señor José Menéndez, uno de los primeros ganaderos. También se acordaba de otro y repetía: “Malos cristianos, matar indios”.

Una y otra vez hablaba de su abuelo materno, Alaken, que tenía fama de gran profeta. Otros descendientes de los selk’nam me confirmaron que Alaken había sido muy respetado por sus conocimientos sobre el pasado legendario y por su habilidad de predecir el futuro mediante visiones. Ya viejo, fue muerto, junto a dos de sus hermanos en represalia por haber robado utensilios de metal del rancho de unos recién llegados.

Refiriéndose a una epidemia de sarampión del año 1924, dijo una vez:

Muertos, muertos, muertos. ¿Cuántos muertos? No sirve el Koliot-xo’on [el médico blanco]. El cementerio está lleno. Tanta gente murió. Todos los días; todo el día muertos vienen, vienen en camiones llenos de muertos, mujeres, chicos. Todos murieron de koliot-kwaki [enfermedad de los blancos]; chiquitos juntos con sus mamás, pobrecitos. Sufren [sufrieron]. Señoritas, mujeres grandes no casadas todavía, muchachos jóvenes. El cementerio es grande.

Como si hubiese sucedido el día anterior, hablaba de hombres heridos o muertos en las guerras (combates que duraban horas) entre los mismos selk’nam. Con frecuencia conversaba de una batalla en la cual había participado y que fue de las últimas entre selk’nam (hacia 1903). Ocurrió en la década de 1890, cuando ella se encontraba con su familia en la playa cerca de un cerro llamado Teis, al este de la Caleta Irigoyen (sobre la costa atlántica de la isla). Estaba a poca distancia del campamento cuando el enemigo atacó. Oyó ladrar a los perros, corrió hacia los suyos y vio a su esposo, Anik, herido en la sien por una flecha. “Pobrecito”, me comentó, “toda su cara se hinchó”. Un tal Ascherton intentó secuestrarla, pero ella se resistió y escapó. Él se enfureció y corrió tras ella, flecha en mano, gritando: “¡Te mataré si no vienes conmigo!” Anik había estado a punto de ser aniquilado cuando, del lado enemigo, intervino su primo Paachek gritando: “¡No lo mate! Es mi primo”.

Paachek también salvó a Lola. Esta batalla tuvo lugar cuando el grupo de Lola (unos veintiséis adultos) estaban celebrando un Hain. Alrededor de treinta hombres provenientes de cinco territorios diferentes estaban decididos a vengar la muerte de un tal Yehun-xo’on, chamán y renombrado cazador. A Yehuun-xo’on lo había matado un tío de Lola, Tael, lanzándole una flecha. Este, su hijo y uno de los hermanos de Lola se contaban entre los seis muertos de la batalla de Teis. Ocho mujeres fueron secuestradas por el enemigo, pero posteriormente cinco lograron escapar y regresaron a su grupo.

Una vez Lola se enojó conmigo. Yo le estaba mostrando las fotografías que acompañan el volumen de Martin Gusinde, Die Feuerland-Indianer; Bd. 1: Die Selk’nam, entre las cuales estaban incluidos dibujos de los espíritus del Hain, que eran en realidad hombres disfrazados con máscaras y con el cuerpo pintado. Al ver la primera de éstas, las apartó. Se negó a mirar las otras e irritada me dijo: “No es para los civilizados”.

Antes de irme quise llevarla a dar un paseo. El administrador de un hotel importante a orillas del Lago Fagnano, quien había demostrado tener simpatía por ella, vino un día a buscarnos en su camioneta. Lola se vistió con su ropa nueva y se llevó consigo todo su dinero, por temor a que robaran en su choza, lo que era muy poco probable. Pasamos dos días en el hotel, donde, por ser invierno, éramos los únicos huéspedes. Antes de cada comida el administrador y el cocinero le preguntaban a Lola lo que le gustaría comer; sin vacilar, respondía “pescado”. Se sentaba durante horas frente a la gran chimenea con gente que venía a comer y que la conocía desde hacía muchos años. Y, desde la inmensa sala que daba al lago, me señalaba las tierras que habían pertenecido a su abuelo Alaken.

A medida que la fecha de mi partida se aproximaba, ella comenzó a preguntarme sobre mi regreso. Le respondía que, de serme posible, volvería al año siguiente. De lo que yo trataba de explicarle, ella dedujo que vivía en una estancia de ovejas cerca de Buenos Aires y que mi “patrón” me había enviado a grabar su voz porque tenía mucha simpatía por los indios y sabía mucho acerca de ellos. Lola nunca había viajado fuera de la isla, pero sabía que al norte existía una gran ciudad llamada Buenos Aires. Una y otra vez me preguntaba sobre mi “patrón”, y si yo estaba segura de que él me iba a mandar de regreso nuevamente. Cuanto más insistía con sus preguntas, más le aseguraba que volvería, hasta que “tu patrón” se transformó en “nuestro patrón”. El día de mi partida me dio una canasta que recién había terminado. A pesar de que le había ofrecido comprársela, siempre se negó a venderla, diciendo que se la había prometido a alguien mucho tiempo antes de mi llegada. En ese momento la puso en mis manos y me pidió que se la diera a “nuestro patrón”.

Al regresar a París se la di al profesor Lévi-Strauss, de parte de Lola. Él puso la canasta cuidadosamente en una vitrina de su oficina. Ese invierno Lola se negó a abandonar la reserva. Debido a su edad y a su salud precaria, el año anterior había sido llevada a Río Grande, pero allí había pasado los días sentada junto a una estufa, medio adormecida, cuando no la reprendía la dueña de la casa por haragana y sucia. Ese invierno estaba decidida a quedarse en su tierra y no volver a salir jamás. Quise convencerla de que pasara el invierno con una amiga de madre indígena, la señora Enriqueta de Santín, que vivía cerca de ella, y en un principio Lola estuvo de acuerdo, pero luego se negó. La última vez que fui a verla me acompañó Angela Loij para quedarse con ella después de mi partida, pero sólo pudo estar algunos días. Entonces Lola quedó sola, salvo por las visitas diarias del puestero del Sr. Garibaldi –que le llevaba leña, carne y agua– y de algunos vecinos. El invierno de ese año fue crudo, con temperaturas de hasta 30 grados bajo cero, y Lola vivió prácticamente confinada en su choza por la nieve, desde julio hasta pocos días antes de su muerte. A fines de septiembre pasó dos o tres días sin comer casi nada. Entonces el puestero se dio cuenta de que estaba gravemente enferma y fue a caballo al destacamento de Policía Rural del Lago Kami para buscar ayuda, volviendo con un policía en un tractor. La transportaron hasta el camino principal, desde donde fue llevada en automóvil hasta Río Grande, donde pocos días después murió en el hospital regional. Era el fin del invierno en Tierra del Fuego, el 9 de octubre de 1966.

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